Definitivamente, una de la películas que más me ha impactado
es In my skin (2002), es tal el horror y
angustia que te provoca al verla que se ha convertido en una de las pocas
películas que realmente logran el objetivo de conectar al espectador con lo repulsivo de la historia.
En In my skin no hay criaturas sobrenaturales ni asesinos, sólo una mujer perturbada que se obsesiona con su cuerpo y no puede dejar de arrancar su piel; no es necesario litros de sangre como en el gore para impactarte, sino la manera en la que esa chica se mutila provoca repulsión y la vez morbo por continuar mirando la escena.
La película gira en torno a Esther (Marina de Van), una mujer
que sufre un accidente en el que se lastimó la pierna, sin embargo, parece no
sorprenderse o sentir dolor cuando ocurre; a partir de ese suceso, ella,
aparentemente, se obsesiona con su cuerpo y no puede evitar pensar y cortar su
piel con el propósito de conservarla.
Asimismo, a lo largo de la película se puede apreciar la
transformación de Esther de una manera “natural”, pues se nota cómo va aumentando
su trastorno de acuerdo con sus acciones y su comportamiento hacia los demás. Por
ejemplo, la primera vez que ella se corta ocurre en su oficina después de que
se asume que ella no puede dejar de pensar en su piel, y se nota cómo su obsesión
la aleja de sus seres queridos y también afecta su vida laboral. Es tanto su
deseo de lacerar su cuerpo que es capaz de encerrarse en un hotel para llevar a
cabo una sesión de cutting que dejará al público sin aliento; pues es claro
que la película no es apta para sensibles.
In my skin es,
absolutamente, un filme perturbador, ideal para aquellos amantes del horror que
desean ver algo diferente, donde el horror no surge de algo o alguien, sino del
instrumento más poderoso del hombre: su mente.












